La asociación de ayuda y apoyo a los animales abandonados "bichosraros.org"
es una asociación sin ánimo de lucro ubicada en Madrid (España).


jueves, 26 de mayo de 2011

Vida perra

DESDE hace dos años el primer ruido que percibo por las mañanas es el zapateado de la Coqui, la perra de mi novia, una vieja y pequeña bola de pelo rubio que me despierta para pedir la manduca. La Coqui no tiene muchos más temas de conversación aparte de la zampa y de que le rasquen la oreja y, sin embargo, se ha convertido en parte de mí mismo. Con los años, ha perdido la vista, el oído y buena parte del olfato pero el apetito lo conserva íntegro. Se mueve por la ciega casa de memoria, sin tropezar ni una vez. Te vas a la calle, la dejas sola y a oscuras durante horas y no suelta un ladrido, jamás se queja. Se detiene, nos mira y «sus ojos son dos preguntas húmedas» que decía Neruda. Ignoramos qué querrá decirnos o preguntarnos, aparte de pedir más manduca o más caricias; desconocemos cuál es la pregunta a ese enigma a cuatro patas que es un perro. Pero sabemos que la respuesta es sí.


John Irving escribió en una novela algo acerca de «un cocker descerebrado», quizá es que no llegó a entender que un cocker es todo corazón. A la Coqui le fallan los ojos, velados por cataratas, y apenas si oye algo, pero un perro realmente no sabe que está enfermo. En su bendita ignorancia quizá piense que ahora el mundo es un anochecer interminable y que la gente a su alrededor se ha vuelto tremendamente silenciosa. Tiene una hernia discal, así que todos los días tengo que subirla en brazos al tercero: 12 kilos de cocker a pulso tres veces al día. Seamos serios: la Coqui no sirve para nada excepto para recordarte cada vez que la ves que tú también tienes corazón.


El amor perruno es incondicional, absoluto, y nunca se repetirá bastante que no hay nada que pueda comparársele. Esta es una de las muchas cosas que tengo que agradecerle a Beatriz. En sí mismo, un perro es una lección de vida, y no, no podría imaginar mejor educación para un niño (un doctorado de cariño, empatía y responsabilidad) que crecer junto a un perro. Lo malo es que ellos envejecen deprisa, viven 10, 15 años con suerte, pero si durasen más quizá no lo soportaríamos. Porque es terrible convivir al lado de un perro y percibir día a día su nobleza, su coraje, su fe sin fisuras. Entonces uno se da cuenta de lo mezquinos que podemos llegar a ser los humanos, simios despiadados, chimpancés con ínfulas, seres capaces de abandonar un perro.


He llegado a su vida tarde pero aún a tiempo para que me siga despertando por las mañanas. Y a veces me pregunto si en los designios secretos de la Providencia, yo no estaré en el mundo no tanto para tramar unos cuantos libros más o menos torpes, unas cuantas páginas más o menos eficaces, sino tal vez para hacer algo más felices los últimos años de un cocker.


A diestra y siniestra, David Torres